28 de Septiembre de 2015

El debut de Labruna

El crack en ciernes

Por Tomás Torres

Cuando de los labios del propio Renato Cesarini salieron aquellas palabras, el pibe que no era ya tan pibe regresó con atropello tras los pasos mil veces andados entre el flamante estadio de River Plate en el Bajo Belgrano, y su casa, a dos cuadras de la antigua cancha de Alvear y Tagle, en Las Heras y Bustamante. Franqueó la entrada de la relojería sin ningún respeto por su quietud, apenas interrumpida cada un segundo por los cientos de tacs y tacs. De la misma forma se había presentado tres años antes, en oportunidad de su primera paga de 25 pesos por partido, cuando fue promovido a la Cuarta Especial. Un tanto más eufórico lo había hecho el año posterior, al recibir la noticia de que, además de los 25 pesos, iba a cobrar su primer sueldo de 80 pesos. Pero la última vez había sido en el último enero, cuando el sueldo escaló hasta los 120. Entonces Ángelo observó con una sonrisa tal aparatosa aparición, mientras daba nueva vida a un reloj descompuesto. “Un nuevo aumento”, pensó. “El domingo voy de titular”, le devolvió Angelito.

Lejos ya le parecían los días en los que se escapaba de ese mismo lugar, de la misma mirada de su padre que ahora había admitido su derrota. Su abuelo, Gaetano Labruna, había abandonado Italia para escaparle al horror de la Primera Guerra Mundial, y había importado desde Avellino, Nápoles, el oficio de relojero que su padre practicaba con orgullo en el barrio de Palermo. Y él, como el hijo varón mayor, debía hacerle honor a la herencia familiar. “Ángel Labruna”, decía enorme el cartel que decoraba la fachada de la casa donde funcionaba el local, aunque mejor adornada estaba la vidriera con una foto que Bernabé Ferreyra le había regalado a Angelito y que él mismo había puesto allí: “Para el futuro crack en ciernes”, decía, firmada y dedicada por el ídolo de River.
Y se escapaba porque no quería ser relojero. Aprovechaba los descuidos de Ángelo, tomaba el bolsito que a escondidas le armaba su madre con ropa gastada –para no arruinar la nueva y los zapatos de vestir–, y caminaba hasta las canchitas de la calle Ocampo, un potrero donde jugaban al fútbol por diez centavos. Si cuando pegaba la vuelta el viejo lo pescaba, de costumbres tanas él, se sacaba el cinturón y a los cintazos limpios lo sentaba de nuevo a aprender el oficio.

Pero, como decía, esos años le habían quedado viejos. Incluso los que le siguieron después. Aquellos en los que Ángelo, socio número 580 de River, no lo quería más pateando en la calle y lo anotó en el club. Por lo tanto, con 10 años comenzó a pasar sus tardes en Alvear y Tagle, aunque de fútbol allí nada. Angelito practicaba básquet en River, mientras que en Barrio Parque Football Club corría detrás del cuero que ya shoteaba con unos botines nuevos que el padre había cambiado por un reloj.

Cuatro años más tarde, mientras miraba un partido de básquet entre la Primera de River y Boca, el presidente del club, Antonio Vespucio Liberti, lo vio rengueando.
-¿Qué te pasó?- le preguntó extrañado.
-Me lastimé jugando en la sexta de Barrio Parque.
-¿Y por qué no jugás aquí?
-No hay donde hacerlo. No hay sexta.

Desde entonces, Angelito pudo jactarse de haber inventado una nueva categoría dentro del club. Gracias a este diálogo, todo el equipo de Parque pasó a formar parte de las inferiores de River. Y su vida entera se trasladó allí. En los ratos libres, aunque incluso desde su época de exclusivo basquetbolista, observaba los entrenamientos de la Primera. Detrás del alambrado le prestaba especial atención a los movimientos del Nolo Ferreira, a cómo paraba la pelota y luego se encorvaba para que los disparos le salieran rasantes. Con esas imágenes en la cabeza se volvía a la casa y corría hasta el patio trasero, donde se refugiaba de propios y extraños y trataba de imitarlo.

Pero era junio de 1939 y aquellas primaveras eran un mero recuerdo y la construcción de este futbolista que ahora se preparaba para debutar en Primera. Aunque ya había estado en el banco algunas veces y fantaseado con la idea de pisar el campo de juego, esta vez iba en serio. Se lo había comunicado Renato. Iba a ser titular en lugar de José Manuel Moreno e iba a compartir delantera con otro debutante, aunque más experimentado y ya internacional en su país: el peruano Jorge Alcalde que, inevitablemente, sería el centro de la atención.

Y ese día no hubo bolsito de ropas roídas ni zapatos destartalados. Por primera vez participó desde el sábado de la concentración, cosa que Cesarini había implementado desde su llegada. En la mañana del domingo ya estaba en el tren hacia La Plata, mirando el cielo, soñando con remontarlo y siguiendo las estrellas que tanto le gustaban. También quería ser astrónomo.

El rival, igual que en su debut en la Cuarta Especial (habían ganado 8-1 aquella vez), sería Estudiantes de La Plata. El estadio de las calles 1 y 55 estaba abarrotado por lo que se esperaba de ambos equipos. Sin embargo, las grandes expectativas se derrumbaron con el correr de los minutos. En el equipo local reinó la desorganización, y de entre los porteños apenas estuvieron a la altura Carlos Peucelle y el joven Adolfo Pedernera. Alcalde decepcionó en su presentación, y Angelito, que se paró como insider izquierdo, apenas participó de las acciones. Perdieron 1-0.No fue seguramente aquél el debut que había imaginado. Y esto empeoró cuando al día siguiente abrió el diario y al buscarse en la crónica del partido leyó su nombre: “F. Labruna”, quien no había “demostrado ser eficaz colaborador de Pedernera”. Al carajo, pensó. Le dio forma de pelota a las hojas, la lanzó al aire y encorvándose hasta dibujar una joroba lo hizo desaparecer de una patada. Quería ser Ángel.